La luna de miel de la Congregación
Es difícil creer que hace tan sólo una semana que el padre Adolfo Nicolás ha sido elegido como nuevo Superior General. El ambiente ha sido exuberante, pero ahora que nos enfrentamos con las dificultades diarias que consisten en ponerse de acuerdo sobre los contenidos de un documento, o sobre el tono del mensaje que queremos enviar, la exuberancia está siendo lentamente reemplazada por un esperanzado realismo.
Hemos conversado en pequeños grupos lingüísticos sobre los cuatro temas que se convertirán finalmente en decretos oficiales. Diez grupos han abordado la discusión sobre el tema Misión e Identidad, con la participación de 100 miembros de la Congregación, y han presentado diez informes. Un comité de redacción compuesto por cinco personas se asumirá la hercúlea tarea de preparar un único texto preliminar. La obediencia, la colaboración con otros, el liderazgo y la gobernanza han sido los demás temas confiados a los 100 miembros restantes divididos también ellos en 10 grupos. Para cada uno de los cuatro temas se seguirá el mismo procedimiento y a cada región (Asistencia) se le presentará un primer borrador para comentarios preliminares.
Se percibe un consenso subyacente, pero al mismo tiempo desconcierta la variedad de percepciones e intereses. Hay un difundido deseo de poner carne y huesos al sueño del padre Nicolás expresado en su discurso en la iglesia del Gesù, a saber que la Compañía fije su tienda entre las 'naciones' de los pobres y excluidos, con la mirada fija solamente en Dios. Esta puede ser hoy nuestra manera de servir a la Iglesia y al romano Pontífice.
La palabra 'frontera' evoca en cada jesuita una larga historia de cómo comprender nuestra misión, empezando con el padre Arrupe. Es arriesgado vivir y trabajar en las fronteras donde los profetas de la oscuridad hablan de choques de civilizaciones y de pragmatismos tecnológicos bien informados y astutos acerca de insólitas oportunidades, pero esto apela al ideal jesuita del 'magis'. Dicho con palabras sencillas, debemos decirnos a nosotros mismos quiénes queremos ser; debemos preguntarnos a dónde pertenecemos, y en qué queremos comprometer nuestras vidas. Es posible que hoy Identidad y Misión llegue a ser finalmente la declaración más importante de la Congregación, para reinventarnos e infundirnos nuevo vigor.
Fernando Franco SJ, 26 de enero 2008