Septiembre 9 de 2002

 

 

CARTA CIRCULAR DEL P. PROVINCIAL 

En la Fiesta de San Pedro Claver

Patrono de los Derechos Humanos en Colombia

 

 

CON  LA PACIENCIA DEL ALFARERO

 

Cuando la esperanza haya sido finalmente aniquilada de la faz de esta tierra, los hombres y mujeres que tejieron la vida entre ríos y montañas  darán testimonio de lo que fue su lucha para enfrentar todas las agresiones contra la dignidad humana. Ya no habrá voces que digan que este país y que este mundo como los hemos conocido pueden ser diferentes.  La capacidad de la esperanza es casi lo último que nos queda en una historia inmensamente adversa para la vida.

Elaboro esta carta con el propósito de servir a la esperanza, como si se pudiera con estas líneas establecer coordenadas en un tiempo en el que los caminos fueron borrados por las  borrascas.  Quien la escribe tiene quizás menos claro el horizonte pero aprendió con Uds. que de tanto amar un Cielo Nuevo sobre una Tierra Nueva no queda más camino que  la obstinación.  Un Mundo y un país diferentes tienen que ser posibles.

Y escribo esta carta en la fiesta de Pedro Claver, el Jesuita que recorrió  las calles de Cartagena sin pedestal ni distancias, metido entre la gente, acompañado por negros venidos de África con el corazón doblegado por el amor solidario!  Durante 40 años compartió la lucha y la fatiga, el hambre, la  exclusión de los pobres y esclavos.  Conoció en medio de la aridez de sus días el cariño y la ternura de los negros y supo asumir las incomprensiones y las adversidades sin perder el horizonte último de su entrega.  Claver hoy como ayer nos enseña a trabajar en el más árido y adverso de  los contextos por los derechos y la dignidad de los  pobres.  Su vida llena de sentido nuestros pequeños, y aparentemente efímeros, esfuerzos por la vida y por la paz de todos los colombianos.

 

 I.-  Tiempos para realizar lo posible:  un aprendizaje para vivir en la humildad.

 “ Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa” (Mateo 10, 42)

 Llevamos muchos años registrando los horrores de la guerra y de otras formas de violencia no menos graves,  profundamente arraigadas en nuestras prácticas cotidianas.  Sabemos bien los datos sobre cuántos desplazados forzosos tuvieron que huir de su región, de su entorno, salvando escasamente sus vidas.  Sabemos cuántos son los muertos anuales  que nos sitúan con una de las tasas más altas de homicidios en el mundo.  Tenemos las cifras del secuestro, de las desapariciones forzadas, de los niños y niñas en las filas  de combatientes o en las listas de los muertos.

Nuestro conocimiento en estos temas del horror es profundo. A todo este esfuerzo de indagación se suman años de trabajo por la paz en todas nuestras obras.  Son veinte años de lo que hemos llamado en Colombia “proceso de paz”,  muchas veces sin proceso, pero ciertamente todos estos años sin paz.  Conocemos de la forma más brutal el significado de las rupturas de los diálogos y la  pérdida descorazonadora de los caminos hacia una solución negociada del conflicto armado.

 Durante muchos años, nuestras manos se han empeñado en hacer mejor la vida de nuestros hermanos.  En nuestros Centros Sociales, en la Universidad y hasta en las Parroquias, la pobreza, la herida abierta de América  Latina que comprendimos como contraria al plan de  Dios, nos puso en la tarea de   asumir el desafío de la inclusión con justicia y equidad.  Hoy, después de muchos años de búsquedas para ponernos del lado de los pobres, el panorama no es menos árido: hay más gente pobre, con menos esperanza, muchos de ellos, inmensas mayorías, juzgadas como no funcionales ni eficientes en estos tiempos de nuevas tecnologías y saberes. Sinembargo, este sistema económico que excluye a las mayorías, que quita bienestar y recorta los derechos de muchos, que contamina sin misericordia a la naturaleza y agota sus recursos, se presenta a sí mismo como “eficiente”.  Tal eficiencia parece ser consecuente con el grado de flexibilidad a favor del interés particular, especialmente transnacional.  No importa mucho si esa eficiencia destruye, si países enteros se convierten en una feria de miserias.

Es así como, después de varios años de recesión, con crecimientos negativos o exiguos de la economía, con un déficit fiscal elevado, con los efectos devastadores del conflicto armado y un gasto militar  siempre en crecimiento, con una deuda externa ascendente y causante de “ajustes estructurales”, con la economía campesina colapsada por la  apertura y por la guerra, no parece viable el destino económico de los millones de colombianos empobrecidos del país.

En este contexto, por gracia de Dios, en algunas ocasiones frente a la pobreza de nuestra gente podemos hacer algo para que los pobres no sean devorados por la movilidad de los mercados, estimulando circuitos económicos  precarios y  modestos, sujetos a los avatares de la guerra, a las pretensiones de control armado de los guerreros, a las políticas macroeconómicas  y a la estabilidad de los mercados. Hemos mostrado la injusticia estructural con todo rigor, haciendo visible que la pobreza no es un hecho casual; y aunque podemos y debemos seguir haciéndolo, eso no transforma de forma inmediata y substancial la vida de las mayorías, ni alcanza a remediar la exclusión social de las comunidades populares a las cuales estamos sirviendo en muchos de nuestros trabajos apostólicos.

¿Qué debemos aprender de esta condición de estrechos límites que nos impone la realidad, para obtener resultados alentadores?

Quizás el aprendizaje más hondo es el de caminar humildemente junto a Jesús en esta historia del país, llena más del fracaso de la crucifixión que de resultados visibles e inmediatos, tal como los pensamos  o queremos.  Tal vez la enseñanza del Dios de la historia es la del amor por logros  muy pequeños, por conquistas casi invisibles, por procesos lentos, con retrocesos  y fracasos.  Tal vez el mensaje de Dios es el aprendizaje del inconmensurable valor de lo posible, de lo que resulta  realizable en las más adversas condiciones.  Quizás la sabiduría consiste,  en  este tiempo, en descubrir que la gente hace infinidad de cosas imperceptibles,  casi inverosímiles para sobrevivir a la guerra y a esas otras batallas de la pobreza, y que la  sobrevivencia y el corazón que no se han dejado arrastrar a la locura, son ya un triunfo denso y profundo sobre la muerte.

 

II.-   Tiempos de  privaciones  para  los  más  pobres: tiempos de pobreza como solidaridad.

 

Después les dijo:  “Eviten con gran cuidado toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus pertenencias las que dan la vida”.  En seguida les propuso  este ejemplo: “Había un hombre rico al que sus tierras le habían producido mucho.  Se decía a sí mismo: “¿Qué haré?  Porque ya no tengo dónde guardar mis cosechas. Entonces pensó: Ya sé lo que voy a hacer:  echaré abajo mis graneros y construiré otros más grandes, para guardar mi trigo y mis reservas y me diré:  Alma mía, tienes muchas  cosas almacenadas para muchos años; descansa, come,  bebe, pásalo bien.  Pero Dios  le dijo: “Tonto, esta misma noche te van a pedir tu vida, ¿quién se quedará con lo que  amontonaste?  Así le pasa al que amontona para sí mismo en vez de trabajar para Dios”

(Lucas, 12, 15-21)

 

Nunca han faltado los festejos y los gastos innecesarios en los tiempos de las privaciones: ¡nada más contrario a la misericordia que la exhibición del consumo mientras otros tienen el plato vacío!  La sociedad colombiana aún no ha aprendido el sentido de la solidaridad y cuando se proponen políticas solidarias con frecuencia descansan sobre los hombros de los más pobres.  Se piensa en la solidaridad  que otros deben dar, no en la propia.

De manera consecuente nuestro régimen de vida puede quedarse corto para expresar el Evangelio y aún contradecirlo.  La pobreza que hemos asumido no es la misma de la gente pobre del país; eso es algo  evidente, dadas todas las posibilidades que tenemos para cubrir las necesidades  básicas y las que surgen del desarrollo personal que nos exige la tarea apostólica.  La pobreza por la que hemos optado es la pobreza del despojo voluntario para anunciar a Jesucristo, para trabajar por un mundo de inclusión, de libertad y reconocimiento de los  derechos y la dignidad de las personas y de los pueblos.  En este sentido la pobreza como opción nos debe estimular a replantear el consumo innecesario de nuestras obras y comunidades.

 Nuestra condición de seguidores de Jesús nos lleva a evitar el consumo irracional de los bienes:  el consumo superficial o innecesario, el  consumo suntuario, el consumo que se convierte en atracción fatal, casi compulsiva.  El consumismo nos convierte en un antisigno del mensaje que nos ha sido confiado.  En este sentido, en un contexto en el que los pobres sufren grandes privaciones y en el que nuestras obras pasan dificultades económicas, nos corresponde a cada uno revisar dónde ha puesto su corazón y cuál es  nuestra convicción profunda frente a la solidaridad social.

 

III.-   Tiempos para discernir a contracorriente y  perseverar en la opción por la verdad y la justicia.

 

“Qué vamos a hacer?  Este hombre va multiplicando los milagros.  Si lo dejamos que siga, todos se van a entusiasmar con él, y luego intervendrán los romanos, destruirán nuestro lugar santo y nuestra raza”.  Uno de ellos, llamado Caifás, que era jefe máximo e los sacerdotes, tomó la palabra: “Ustedes no se dan cuenta de la situación. Les  conviene que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación perezca.” (Juan, 11, 47-50).

 

 

Por la torpeza de la insurgencia, por su incapacidad para pasar de las armas a la política, por gravísimos crímenes contra la población civil, por el desbordamiento criminal del paramilitarismo y por  errores del gobierno que recientemente concluyó, la opinión pública se ha manifestado mayoritariamente favorable a la opción por la seguridad a través de la contención militar al terrorismo y la violencia.

 

En este horizonte, el nuevo gobierno ha comenzado a tomar medidas dentro de sus propósitos y políticas de  convocar al país con espíritu de trabajo,  responsabilidad y organización para superar de la honda crisis humanitaria que vivimos. Actuando en conformidad con el ordenamiento jurídico, el gobierno pretende establecer las condiciones sociales, económicas y políticas que hagan viable la convivencia entre todos los colombianos. Sin embargo, no deja de inquietar la invitación a los civiles a participar en las redes de informantes y en el halago peligroso de las recompensas. 

 

Sobre estas medidas requerimos una máxima prudencia. Aunque ellas fueron expedidas al amparo del decreto de “conmoción interior” y pueden evitar actos de terrorismo o alertar a las autoridades sobre posibles delitos, también pueden ser la fuente de nuevos y numerosos males sociales. Necesitamos, pues, como jesuitas,  dentro de las condiciones sociales que nos ha tocado vivir, contribuir a la formación de una conciencia colectiva éticamente lúcida y responsable que manifieste nuestra opción, fundada en la fe, por la verdad y la justicia.

 

Es verdad que la seguridad es un derecho y al mismo tiempo un deber de todo ciudadano.  En cuanto derecho es una responsabilidad del Estado crear los mecanismos para que ésta sea una realidad que garantice la vida de todos. En cuanto deber es una obligación de los ciudadanos contribuir a la erradicación de todo lo que pueda amenazar el disfrute de los derechos fundamentales; por ello no podemos permanecer silenciosos ante el delito por temor a los peligros y al compromiso.  Sin embargo, la lucidez de la que  hablamos nos permitirá tomar conciencia de los peligros.

 

Urge pues formar una conciencia colectiva, éticamente atenta, para discernir las nuevas medidas del gobierno y lograr claridad sobre los riesgos que éstas conllevan. Fácilmente una sociedad construida sobre la generalización de la sospecha como principio puede fracasar porque instaura dentro de sus estructuras las semillas de la incapacidad para confiar y para vivir la solidaridad.  Esto no lo entendieron sociedades con regímenes  totalitarios, como ocurriera en la Alemania del Este.  Cuando cayeron en pedazos los ladrillos del muro también apareció la verdad.  Se descubrió con horror que miles  de hombres y mujeres trabajaban para la seguridad del Estado y que en muchos casos tenían la misión de vigilar a sus esposas o esposos, a padres, hijos, hermanos, amigos y vecinos.  Durante años espiaron a quienes los amaban.  Las heridas que se abrieron están aún al descubierto y no han sanado.

 

Se requiere también la formación de una conciencia éticamente responsable, porque no podemos convertir a todos en culpables y sospechosos hasta que se demuestre lo contrario. Esto último  equivaldría a vivir en una estructura social, por lo menos policiva, que corroe el tejido social, profundiza la inseguridad de todos y hace del miedo una característica de la vida social. Nuevas injusticias pueden aparecer en la ya maltrecha sociedad colombiana.

 

Se podrá afirmar que los problemas de seguridad del país son muy graves y que nos encontramos en una situación de guerra; sin duda el argumento no es para nada despreciable. El problema, no obstante, es lo que muy probablemente termine produciendo  un medio inadecuado y éticamente cuestionable, en una sociedad como la nuestra, tan proclive a la violencia y con poca conciencia cívica.

 

Introducir en el país el principio de la sospecha generalizada es inadecuado porque profundiza la guerra; ésta ha causado ya un daño grave a la sociedad al romper toda solidaridad: la delación es el instrumento que materializa la práctica de la sospecha y puede convertirse en un instrumento más para agredir, para cobrar cuentas personales, para eliminar adversarios o para obtener algunos ingresos como recompensa.  Es además éticamente cuestionable porque supone la favorabilidad del poder para beneficiar a quien sospecha, vigila, delata y acusa, desapareciendo la presunción de inocencia que reclama la dignidad de todo ser humano; todo esto es más grave aún, si la favorabilidad va acompañada de dinero;  sabemos que siempre habrá un poder político dispuesto a pagar treinta monedas de plata para que alguien diga dónde está el inocente que incomoda a la seguridad del Estado.

 

En este escenario, en el que la sociedad pareciera ilusionarse en el futuro cercano con las ventajas que podrían reportarnos estas medias basadas en la sospecha, nos corresponde realizar nuestra misión de testigos de la verdad, de la justicia y de la fraternidad que aprendimos del MAESTRO.

 

 IV.-    Tiempos de enfrentamientos:  un llamamiento a la unidad.

 

“No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede  matar  el alma”( Mateo, 10, 28).

 

 

La sociedad colombiana vive hoy bajo intensas polaridades en el campo del conflicto armado.  Muchos más serán incorporados a las dinámicas de la confrontación.  Los odios separan a comunidades enteras.  Dentro de muchas familias campesinas los hijos combaten en bandos diferentes.

Hoy más que nunca es urgente retomar  la educación para la paz como el eje central de nuestra misión;  ello nos acercará más al llamamiento del Señor de ir a enseñar el perdón, el amor y la paz. El fortalecimiento  de nuestra espiritualidad  como la fuente de nuestra inspiración apostólica nos conducirá hacia  formas no violentas de acción, que nos pondrán en el sendero  del Dios revelado por Jesucristo.

Toda esta crítica a la violencia, tanto la de las armas como la del hambre, se complementa con un llamado a la unidad de cuerpo apostólico.  En lugar de permitir que la desconfianza erosione nuestro trabajo y nuestra vida en común, debemos ayudar a concebirnos como artífices de una  historia común, de  un proyecto apostólico común y posible.  Los llamados a la unidad social, a proyectos políticos incluyentes, no tendrán resonancia posible si nosotros mismos no trabajamos  por la unión y la articulación de nuestras obras y ministerios.

Durante los últimos años la Provincia ha trabajado en la formulación de su proyecto apostólico para encontrar sinergias,  para compartir esfuerzos y para buscar de forma solidaria la salida a los múltiples desafíos que nos presenta hoy el Señor en esta historia del país.   El camino de Ignacio nos ayuda a comprender que en este sendero nos corresponde realizar la acción de Dios en medio de su pueblo.  Los invito para que, frente a las dificultades innegables que encontramos, sigamos haciendo esfuerzos de unidad, de comunión de propósitos, de diálogo fraternal y de solidaridad en la misión, pues ellos nos harán un signo legible y más creíble de la voz de Dios en nuestra historia.

 

V.- Tiempos de incertidumbre:  seguir abriendo la puerta a la esperanza.

 

Queridos hermanos y compañeros en la misión apostólica:

Esta carta tiene probablemente un sabor contradictorio.  Ha sido dibujada para alentar nuestra esperanza. Sin embargo, he querido hacer conciencia sobre la inmensa limitación de nuestras acciones en el hoy de Colombia.  Esta fragilidad nos conduce de forma misteriosa a estar más de cerca al Señor pobre,  humilde y crucificado.  Como lo he hecho en otras ocasiones, he expresado  las preocupaciones que me asaltan y que creo muchos de Uds. comparten. 

Los tiempos que hoy vivimos parecen encausar a la sociedad colombiana hacia más duras escisiones.  La cultura de la sospecha,  las polarizaciones, las privaciones de los  más pobres y los dolores de la guerra,  configuran un escenario turbio y sombrío. En él nos corresponde anunciar al Señor Jesús y proclamar  su mensaje de fraternidad y de paz, capaces de darnos salvación.  Nuestro anuncio ha de pasar primeramente  por nosotros mismos; por nuestra capacidad para vivir la pobreza elegida como solidaridad y por nuestra capacidad para someter a la crítica una  cultura favorable al odio y a la violencia.  La misión  que tenemos hoy en el país no podrá realizarse sin una profunda unidad y solidaridad entre nuestras obras y entre nosotros y los laicos hombres y mujeres que comparten los trabajos.  Nada será posible si no es la presencia  renovada de Jesús entre nosotros la que inspira y fortalece todo lo que hacemos.

 

¿Dónde  estás tú, que te hemos perdido?

tú que has levantado a todos los caídos,

a los que se detienen rotos y fatigados,

a los que quedaron siempre por fuera,

a los que dejamos hundirse en el olvido.

Tú que tienes gravados en tus manos todos los nombres prohibidos.

¿Dónde estás,  dónde debemos buscarte?

Vuelve de nuevo a recordarnos que la vida se gana cuando se da,

vuelve a decirnos que no se debe temer a quien puede quitarnos la vida

sino a quien puede hacernos perder el corazón;

vuelve a consolar a esta multitud sin esperanza,

regresa a nuestra tierra que la tarea es más grande que nuestras fuerzas.

 

 

 

 

HORACIO ARANGO A., S.J.

Provincial