The Social Justice and Ecology Secretariat of the Jesuit Curia in Rome

Welcome

English   Español   Français   Italiano  

 

TESTIMONIOS ANTERIORES:


 
Amor, odio y reconciliación en Siria
(Jul-2019) 
 

Caminar y trabajar con los excluidos
(Jun-2019) 
 

Dios encarnado en la riqueza de culturas y vidas
(May-2019) 
 

El Hijo del Hombre vino comiendo y bebiendo
(Apr-2019) 
 

Las cosas que he aprendido de las personas y comunidades marginadas
(Mar-2019) 
 

Cruzar las fronteras con esperanza
(Feb-2019) 
 

Un viaje con los pobres y los marginados
(Jan-2019) 
 

Esperanza en medio de la desilusión
(Dec-2018) 
 

Creciendo en la fe, trabajando por la justicia
(Nov-2018) 
 

Transformando las vidas de los Adivasis en Assam a través de la Gana Chetana Samaj
(Oct-2018) 
 

 

Archivio de testimonios

 

Testimonios


   
Amor, odio y reconciliación en Siria
(Jul-2019) 

Susan Dabbous, Ayudante de comunicación en JESC

Cuando me enteré de la muerte del P. Frans van der Lugt SJ, sentí la tentación de odiar. Podía imaginarme a sus asesinos: sus rostros, su aspecto, el color de sus ropas, las repetidas palabras rituales que seguramente salieron de sus labios en el momento en que llamaron a la puerta de la casa del jesuita en Al Bustan y le dispararon. Imaginé que podía oler las polvorientas esteras en las que habrían dormido antes de asesinar a tiros a un hombre inocente. ¿Qué motivos podía tener un grupo rebelde islamista de Homs para matar a un sacerdote, a un jesuita, a un holandés que cincuenta años antes había decidido irse a vivir a Siria y que se quedó allí para el resto de su vida? Llegó rayando ya la treintena y se enamoró de Siria, el bello país en el que yo nací hace treinta y siete años. La mayor parte de mi vida ha transcurrido en Roma, en el seno de una familia mixta de madre italiana y padre sirio. Esa clase de mezcla de culturas que el P. Frans tanto habría valorado.

Entiendo plenamente por qué un hombre de espiritualidad profunda pudo decidir en su día permanecer en un lugar así. Siria no era solo un bello yacimiento arqueológico con ricas y bien conservadas antigüedades. Era también un lugar mágico, donde se podía contemplar la convivencia entre diferentes minorías. Armenios, cristianos, drusos, incluso una diminuta comunidad de lengua árabe: todos vivían felices en un país mayoritariamente musulmán.

Su fotografía todavía se encuentra en numerosas iglesias, incluida aquella en la que fui secuestrada mientras entrevistaba al P. François Murad, un sacerdote franciscano. Era el 3 de abril de 2013, y estábamos en Gassanyeh, 50 kilómetros al norte de Homs. Yo había acudido allí junto con otros tres periodistas italianos. La iglesia del monasterio estaba dedicada a san Simón el Estilita y se alzaba en lo alto de una verde colina en la región más verde de Siria. Ese día, el viento era frío y el cielo estaba encapotado. Sobre las estatuas profanadas: una Virgen decapitada, un altar roto y un crucifijo que había sido descolgado, soplaba una brisa. En la sacristía habían matado un perro.

Jabhat al-Nusra, los mismos que derruyeron la iglesia y, tristemente, asesinaron al P. François en junio de 2013. Y luego, en abril de 2014, al padre Frans. ¿Por qué? Estuve dando vueltas a esta pregunta durante meses después de enterarme del asesinato.

¿Por qué mataban a sacerdotes, a hombres sabios desarmados? Cuando me enteré de la muerte del P. François, no sabía qué sentimiento predominaba en mí, si el enfado o el miedo. Me di cuenta de cuán cerca del final de mi vida había yo también cuando me amenazó de muerte mi secuestrador, el mismo hombre que ordenó el asesinato del P. François. Se las daba de hombre auténticamente religioso, de musulmán devoto. Pero el Corán no contiene instrucción escrita alguna de matar sacerdotes; más bien, al contrario.

El P. Frans era consciente de lo que le había ocurrido al P. François, pero decidió permanecer en la parte asediada de la ciudad siria de Homs durante la guerra civil. Mientras caían las bombas, la gente moría de hambre a su alrededor. Se quedó porque se preocupaba por su grey. Hizo un llamamiento a la comunidad internacional para que mandara ayuda a los sirios. Subió a internet videomensajes desde la cocina vacía de su casa después de haber estado proporcionando durante meses alimentos a familias de Homs. Muchos le decían que se marchara, pero se quedó.

Estaba convencido de que compartir la sensación de fatiga y de hambre y de músculos doloridos contribuía a que las personas se sintieran unidas, afines, conectadas entre sí. Con independencia de su edad, género o religión, de que estuvieran sanas o discapacitadas o enfermas. Durante días caminó con jóvenes por terrenos agrestes y recorrieron distancias considerables. Exploraron fronteras, física y mentalmente. Bailaron, cantaron, conversaron y reflexionaron. Miles de jóvenes -musulmanes y cristianos - participaban en estas marchas. Fueron todas estas razones las que hicieron que, cuando el P. Frans fue asesinado, yo me sintiera tentada a odiar. Pero entonces recordé cómo había servido él a los sirios y me pregunté: ¿qué pueden hacer ahora los sirios por él?

En primer lugar, dejar de odiarse unos a otros. Este es el principal mensaje que el P. Frans se esforzó por transmitir hasta su último aliento. No es un mensaje sencillo en un país en guerra. El conflicto en Siria comenzó en 2011 con protestas por parte de la sociedad civil contra una dictadura que llevaba en el poder más de 40 años. Hoy, en 2019, la guerra está terminando y el régimen sigue en pie. En estos años, más de 500.000 personas han muerto junto con el P. Frans. Con el fin de conservar viva su memoria, jóvenes sirios han organizado recientemente en Alemania y Holanda diversas marchas con un nuevo nombre: "Caminatas de Frans".

Yo, por mi parte, escribí en 2018 una novela: La ragazza di Homs (La muchacha de Homs). Es la historia de una joven que creció en la antigua ciudad de Homs, donde aprendió inglés en una escuela dirigida por un jesuita holandés. Era un hombre de paz al que nunca olvidará, ni siquiera en los más oscuros momentos de una tragedia nacional y personal.