The Social Justice and Ecology Secretariat of the Jesuit Curia in Rome

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Un camino no esperado, pero si soñado.
(Jun-2018) 
 

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(May-2018) 
 

Acompañar a trabajadores migrantes en situación de necesidad
(Apr-2018) 
 

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(Mar-2018) 
 

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(Feb-2018) 
 

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Dar testimonio de la esperanza en medio de la desesperanza
(Dec-2017) 
 

¡Pastores que huelen a oveja!
(Nov-2017) 
 

Devolver el brío, la alegría y las ganas de vivir a los niños en situación de calle en Kinshasa
(Oct-2017) 
 

 

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Testimonios


   
El poder de las buenas opciones
(Jul-2018) 

Gabriel Lamug-Nañawa, SJ (PHI)

En marzo pasado se cumplieron dos años de la instalación en nuestra sede del Programa de Ecología del Servicio Jesuita de Camboya en Nom Pen de un generador solar para cubrir las necesidades eléctricas de toda la oficina. Con solo tres ordenadores portátiles, una impresora, tres ventiladores, un par de lámparas para trabajar de noche y la carga periódica de teléfonos y otros aparados, no es una oficina muy grande. A pesar de ello, decidimos desconectarnos del suministro eléctrico del edificio principal en el que estamos ubicados, para intentar en adelante depender por completo de la radiación solar.

Tras dos años dependiendo del sol para obtener la electricidad que necesitamos, nos gustaría comunicar que está siendo una experiencia muy positiva para nosotros. He aquí algunas de las lecciones que hemos aprendido por el camino.

En primer lugar, hemos cobrado mayor conciencia de la situación energética del país y de las principales fuentes de la electricidad que usamos. Hemos aprendido que la capital Nom Pen consume alrededor del 90% de la electricidad total de Camboya, dejando al resto del país el 10%. Salta a la vista que esta distribución está sesgada, dado que aproximadamente el 80% de los 16 millones de habitantes del país viven en zonas rurales.

Las principales fuentes de energía en Camboya han derivado siempre de los combustibles fósiles. Hasta 2011, el 90% de la electricidad era producido por generadores diésel, un proceso ineficiente que emite gases de efecto invernadero -en concreto, dióxido de carbono y óxido nitroso- a la atmósfera. Puesto que el desarrollo económico de los últimos años ha conllevado mayor demanda de energía, la energía hidráulica y el carbón han entrado a formar parte del mix energético. Así, en 2015 los generadores diésel produjeron solo el 5% del total de la electricidad consumida en Camboya; las principales fuentes de energía han pasado a ser las centrales hidroeléctricas (43%) y el carbón (51%). El aumento del uso de carbón se tradujo, sin embargo, en mayores emisiones de CO2 que cuando se empleaban los generadores diésel.

Además, puesto que Camboya también depende en gran medida de combustibles importados, el precio de la electricidad resultante, alrededor de 0,21 US$/kWh, es uno de los más elevados en la región e incluso en el mundo. En comparación, el coste de la electricidad es 0,10 US$/kWh en los Estados Unidos, 0,15 US$/kWh en el Reino Unido y 0,19 US$/kWh en Alemania.

Saber de dónde procede nuestra energía y cómo se produce nos hace estar más informados y nos empodera para responder más apropiadamente a la situación.

La segunda lección ha consistido en descubrir qué aparatos de los que hay en la oficina consumen menos y cuáles más. Por ejemplo, nos hemos dado cuenta de que los ordenadores portátiles necesitan por regla general mucha menos energía que los fijos. Un portátil de 14 o 15 pulgadas suele consumir 60 vatios cuando está operativo y 20 cuando está en hibernación, mientras que el ordenador de mesa medio consume entre 200 y 300 vatios cuando está en uso y 60 cuando está en suspensión. O sea, que los ordenadores portátiles requieren alrededor de un 80% menos de electricidad que los fijos.

Por lo que respecta a la iluminación, la elección más eficiente y duradera en la actualidad son las bombillas LED (light-emitting diode, diodo emisor de luz). Por ejemplo, para los mismos lumens (es decir, la cantidad total de luz emitida por la fuente), 800 lm, pongamos por caso, una bombilla incandescente necesitaría 60 vatios y durará 750 horas, una bombilla fluorescente compacta (las conocidas como de 'bajo consumo') necesitaría 14 vatios y durará 10.000 horas y una bombilla LED necesitaría 12 vatios y durará más de 50.000 horas. Así pues, las bombillas LED son las que más duran y las que menos energía consumen. Por otra parte, las bombillas fluorescentes compactas son bastante peligrosas, dado que sus tubos contienen vapor de mercurio tóxico que se libera al ambiente cuando la bombilla se rompe.

Además, hemos decidido prescindir del dispensador de agua caliente y fría, que precisa de 550 vatios para funcionar. Aunque esto significa que hemos dejado de tener acceso fácil a bebidas frías y té caliente en la oficina, asumimos encantados este pequeño sacrificio para poder seguir utilizando energía solar y reducir la cantidad de dióxido de carbono que emitimos a la atmósfera.

Ser más conscientes de los diferentes consumos energéticos de los dispositivos y aparatos que todos usamos nos permite controlar mejor la cantidad total de energía que consumimos. No podemos gestionar lo que no podemos medir.

Aparte de no contribuir al aumento de la concentración de gases efecto invernadero, la tercera lección que nos ha enseñado el hecho de depender de la energía solar y estar desconectados de la red eléctrica nacional es que nos sentimos capaces de avanzar hacia el establecimiento de relaciones justas con la creación. Nuestro trabajo de reforestación y educación ambiental o, en general, nuestro trabajo en pro de la creación está siendo propulsado por la propia creación. Este ciclo nos ayuda a sentirnos más integrados con todos los otros seres, envueltos por e incluidos en la intrincada red de interdependencias entre todos los seres. La fuente de la energía necesaria para desarrollar nuestras actividades es benigna y resulta reconfortante no contribuir al cambio climático ni hacer más daño a la Tierra.

También creemos que hay un valor profético en nuestra dependencia del sol y de que, en cierto modo, ilumina otras posibilidades. De hecho, hace poco nos alegró enterarnos de que Banteay Prieb, el centro de formación profesional para personas con discapacidades que los jesuitas tenemos en Camboya, había decidido pasarse también por entero a la energía solar.

Entendemos que la energía solar tal vez no sea una opción válida para todo el mundo. Pero existen otros innumerables caminos para cuidar, como individuos y como instituciones, de la creación. El magis de san Ignacio nos indica que siempre hay una opción mejor, una elección más respetuosa y amable, capaz de conducirnos hacia una mayor armonía y reconciliación con todos nuestros prójimos, humanos y no humanos. Este es un poder que nos pertenece, porque nos ha sido dado por Dios. No lo malgastemos.